Saltar al contenido

¿Por qué el kétchup se vendía como medicina en los años 1830? La sorprendente historia de tu condimento favorito.

Mujer revisando nevera abierta en cocina. Encimera con frasco de pastillas, limón, botella y ketchup.

Existe un momento tranquilo, extrañamente íntimo, que la mayoría compartimos con nuestras cocinas: de pie frente a la nevera, la puerta abierta, una mano en la botella de kétchup. Puede que sostengas una patata frita blanda, una hamburguesa vegetal un poco quemada o el culo de pan que juraste no comer jamás. Y, de algún modo, piensas, el kétchup puede arreglar esto. Agitas la botella, ese golpe húmedo y familiar del rojo cayendo en el plato, y funciona: la cena se salva, lo justo. El kétchup es ya tan habitual que apenas pensamos en él, un personaje de fondo junto a la leche y el medio limón cortado.

Pero no hace tanto, esa misma salsa pegajosa y roja se vendía como medicina, en botellas de vidrio con etiquetas solemnes, prometiendo curar desde la indigestión hasta la ictericia. Los médicos recetaban “pastillas de kétchup”. La gente tragaba remedios a base de tomate creyendo que tomaban ciencia en cápsulas. La historia de cómo una salsa para hamburguesas intentó ser una medicina milagrosa es más extraña, caótica y profundamente humana de lo que imaginas… y dice mucho sobre lo que seguimos buscando en la comida hoy.

Del pescado fermentado al tónico de tomate

El kétchup ni siquiera empezó siendo rojo. Se cree que la palabra viene de un término chino hokkien, algo como “kê-tsiap”, una salsa de pescado fermentado usada en partes de Asia. Comerciantes británicos probaron ese líquido salado y potente en el siglo XVII, se enamoraron de él e intentaron reproducirlo en casa. Al principio, fracasaron estrepitosamente. Sin los ingredientes ni los métodos originales, recurrieron a lo que tenían: setas, nueces, anchoas, incluso ostras, mezclándolos con vinagre, especias y sal.

Durante un tiempo, el “ketchup” en Gran Bretaña se parecía más a una poción oscura, líquida y sabrosa. Era ácido, intenso, casi como un caldo, y se añadía a guisos y asados, como hoy usamos la salsa de soja. El tomate ni aparecía. Las recetas del siglo XVIII parecen pócimas experimentales, exigiendo semanas de fermentación y filtrados, con instrucciones que suenan sospechosamente a brujería menor. La idea no era la dulzura, sino la profundidad umami mucho antes de que existiera esa palabra.

Los tomates no formaron parte de la historia del kétchup hasta principios del siglo XIX en Estados Unidos, y cuando llegaron, todo empezó a cambiar. Al principio, el propio tomate tenía mala reputación en América y Europa. Algunos pensaban que era venenoso, en parte porque la planta es pariente de la belladona mortal, y en parte porque los europeos ricos comían tomates en platos de peltre que reaccionaban con el ácido y les hacía enfermar. El tomate entró en Occidente rodeado de precauciones y rumores.

Entra el Dr. Bennett y la época de las curas con kétchup

Sin embargo, en la década de 1830 los tomates pasaban de sospechosos a estar de moda, especialmente en la joven Estados Unidos. Aquí es donde entra en escena un tal Dr. John Cook Bennett. Era médico, conferenciante y un gran autopromotor. Bennett se fascinó con los tomates y empezó a escribir sobre ellos con el fervor de un converso. Los alabó como casi milagrosos, afirmando que podían tratar la diarrea, la indigestión, trastornos biliares, escorbuto y más.

Bennett no se limitó a decir “come tomates”. Los convirtió en producto. Afirmó haber desarrollado un kétchup a base de tomate que podía procesarse y conservarse, y luego transformarse en pastillas. Se vendían como una dosis fiable y medible de los beneficios del tomate. El argumento era sencillo: el kétchup ya no era sólo una salsa para la carne, sino un preparado medicinal de potencia predecible, empaquetado ordenadamente para tu salud.

El nacimiento de las pastillas de kétchup

La idea se extendió rápidamente por una creciente red de empresarios, algunos más honestos que otros. Farmacéuticos locales y vendedores de “medicinas patentadas” lanzaron sus propias versiones de pastillas de tomate y ketchup medicinal, invocando a gritos el nombre de Bennett para ganar legitimidad. Las etiquetas prometían grandes cosas, con muy poca base. Si te dolía el estómago, tenías las articulaciones doloridas o el organismo “atascado”, unas pastillas de kétchup debían solucionarlo.

Todos hemos pasado por ese momento de quedarnos mirando en la farmacia una caja de colores llamativos, creyendo a medias sus promesas. En los años 1830, ese momento era el mostrador de medicina patentada: botellas, frascos y sobres prometiendo remedios para todo. El kétchup medicinal encajaba perfectamente. Parecía moderno, científico, y venía de algo que empezaba a considerarse sano y natural. Era el puente ideal entre la comida y la botica.

Por qué la gente creía que el kétchup podía curar

Sobre el papel, el salto de “condimento agradable” a “cura milagrosa” suena ridículo. Imaginar a alguien tragando pastillas de kétchup para problemas de hígado provoca cierta sonrisa. Pero si te pones en los zapatos de alguien de 1830, todo empieza a encajar. La ciencia médica estaba aún en su adolescencia. La teoría germinal no era aceptada. Los médicos sangraban a sus pacientes. La gente buscaba con ansia algo más suave, seguro y, sobre todo, nuevo.

El tomate ofrecía una historia que la gente quería oír. Era fresco, colorido, ligado al campo en un tiempo de ciudades en expansión y humo industrial invadiendo la vida diaria. Bennett y otros decían que el tomate ayudaba a “depurar la sangre” y regular la digestión. Si tu dieta diaria era carne salada, panes pesados y agua dudosa, la idea de una cura roja y limpiadora no sonaba tan descabellada. Parecía sentido común disfrazado de avance.

El poder de la moda y la esperanza

Y está el simple hecho de que los humanos somos expertos en unir pistas que componen historias reconfortantes. Si alguien tomaba pastillas de tomate y se sentía mejor a los días, el remedio recibía el mérito. El boca a boca hacía el resto. Se contaban casos de vecinos cuyos “ataques biliosos” desaparecían tras un breve tratamiento con cápsulas de kétchup. Historias muy potentes, sobre todo en comunidades donde el médico local era caro o distante.

Seamos sinceros: esto no ha cambiado tanto. Sólo hemos cambiado el envoltorio y lo hemos llevado a internet. Antes eran pastillas de kétchup transportadas en cajas. Hoy, gominolas vitamínicas en Instagram o chupitos de cúrcuma en frigoríficos brillantes. La lógica emocional es casi idéntica: si algo es conocido y comestible, parece más seguro que un nombre químico en letra pequeña. *Queremos creer que la cura está en la despensa, no en la receta médica.*

La caída del kétchup como medicina

La carrera médica del kétchup fue breve pero intensa. En los años 1850, el brillo se apagaba. Algunos empresarios se pasaron de la raya, diluyendo el contenido de tomate, falsificando ingredientes o llenando las pastillas de laxantes para simular “resultados”. Las quejas aumentaron. Periodistas y médicos rigurosos empezaron a desmontar el mito y a señalar que muchas afirmaciones eran exageradas o falsas.

A la vez, la ciencia avanzaba. Los médicos pasaron de tónicos universales a tratamientos más específicos. La idea de una pastilla de tomate que curase desde la gota hasta la melancolía empezó a sonar ingenua. El kétchup volvió discretamente de la farmacia a la cocina. La misma salsa que ocupó estantes de botica se coló en las mesas, despojada de promesas pero no de atractivo.

De tónico a salsa para la mesa

Mientras el kétchup hallaba su sitio, otra revolución se gestaba: la industrialización alimentaria. A finales del XIX, empresas como Heinz estandarizaban recetas, embotellaban cantidades masivas de kétchup de tomate y las exportaban por América y más allá. La salsa se hizo más espesa, dulce y constante. El mito medicinal desapareció, pero la idea de que el kétchup era saludable y reconfortante se mantuvo.

Una razón clave por la que el kétchup sobrevivió, mientras otros remedios se evaporaban, es su sabor. Incluso cuando el halo mágico se desvaneció, la gente quería esa salsa en su comida. El mensaje cambió de “esto te curará” a “esto mejorará tu plato”, y eso bastó para mantenerlo vivo. No muchos fracasos médicos tienen una segunda vida como estrella global de la comida rápida. El kétchup sí.

El azúcar, el vinagre y el mito del rojo “saludable”

La ironía es que el kétchup de hoy dista mucho del supuesto tónico saludable de Bennett. Una botella comercial moderna se parece menos a un remedio herbal y más a un caramelo agridulce líquido. Tomates, sí, pero también azúcar, sal y vinagre en proporciones calculadas para estimular el cerebro. Lo exprimes, lo pruebas y tu boca recibe ese golpe de acidez reconfortante. Ya nadie finge que cura la ictericia.

Aun así, algo de ese antiguo halo rodea al color rojo y a la palabra “tomate”. Nos convencemos a medias de que un buen chorro de kétchup en el plato no puede ser tan malo, porque el tomate es técnicamente una fruta, ¿no? Una de esas decisiones de “¿contará para las cinco raciones al día?” que ni decimos en voz alta. Las marcas juegan con eso, asociando el kétchup a familias felices, campos soleados y productos frescos y sanos, aunque la lista de ingredientes sea cada vez más larga y artificial.

Eso no significa que el kétchup sea malo. Ocupa esa zona gris donde habita la comida de consuelo: ni saludable ni veneno, entrelazado en recuerdos de patatas en cucurucho, almuerzos escolares y comidas rápidas en el escritorio. Al pensar en su pasado medicinal, hay cierta ternura al verlo hoy haciendo lo que mejor sabe: volver soportable la comida sosa. Pasó de remedio milagroso a compañero emocional.

Lo que el extraño pasado del kétchup dice de nosotros

La historia del kétchup medicinal es graciosa a primera vista, pero en el fondo es un espejo más incómodo. Cada generación cree haber alcanzado la racionalidad y dejado atrás las creencias absurdas. Después descubres que la gente del XIX no era tan distinta: vieron una comida roja, escucharon a gente lista prometer curas y decidieron creer, aunque fuera un poco. Nosotros hacemos lo mismo, sólo que con mejor diseño gráfico.

Seguimos buscando el atajo en una botella. Algo que puedas tragar o exprimir capaz de deshacer el daño del cansancio, el mal sueño, el estrés y la falta de aire puro. El kétchup fracasó como medicina, pero el anhelo tras esa promesa sigue ahí. Cuando pasas anuncios de bebidas detox o tiros para el intestino, estás viendo el fantasma de las pastillas de tomate de Bennett con ropa moderna. Cambian los ingredientes; el deseo permanece.

Esa botella familiar, esa esperanza conocida

Existe una intimidad casi absurda en cómo manejamos el kétchup. El “pop” al abrir una botella nueva, el chisporroteo al caer sobre las patatas calientes, el trazo rojo en un plato sacado del horno. Es cotidiano, doméstico y reconfortante. No piensas en médicos victorianos ni en remedios milagro al hacerlo. Sólo piensas que esto mejorará el sabor y, por un momento, eso es todo lo que necesitas.

Lo sorprendente no es que el kétchup se vendiera como medicina, sino que seguimos pidiéndole a la comida que nos arregle, pero de formas más discretas. Queremos que nos reconforte, nos dé energía, nos haga sentir que “comemos bien”. A veces, que nos quite la culpa. El capítulo medicinal del kétchup está cerrado, pero su papel emocional sigue abierto. La botella en la nevera es reliquia de esa larga y caótica negociación entre apetito, ansiedad y esperanza.

La próxima vez que cojas la botella

La próxima vez que inclines esa botella roja sobre unas patatas, hay un eco remoto de la botica victoriana en el gesto. No buscas curar el escorbuto, seguramente intentas rescatar una comida un poco triste. Y, sin embargo, participas de una historia que va desde la salsa de pescado china a pociones británicas de setas, desde sueños febriles del siglo XIX sobre curas de tomate a los mostradores de comida rápida del XX. Toda esa historia, destilada en una línea roja en tu plato.

Quizá por eso el kétchup parece más grande de lo que es. No es sólo un condimento, es un viejo anhelo humano disfrazado de rojo: la esperanza de que algo sencillo y familiar mejore discretamente las cosas. No el hígado, ni la sangre, ni la vida entera. Sólo este bocado, aquí y ahora. Y a veces, en un martes cansado, con la nevera zumbando y las patatas enfriándose, esa pequeña promesa vale más que cualquier etiqueta.

Comentarios (0)

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario