El último lanzamiento de una empresa espacial privada china sacudió brevemente los supuestos de la industria, antes de estrellarse de vuelta a la Tierra de la forma más literal posible.
El Zhuque‑3 de China alcanza la órbita y luego se estrella de forma aparatosa
El 3 de diciembre de 2025, la startup LandSpace, con sede en Pekín, lanzó su nuevo cohete propulsado por metano, Zhuque‑3, en su vuelo inaugural desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan, en el desierto de Gobi. La fase de lanzamiento fue casi perfecta. El propulsor despegó limpiamente, con sus motores funcionando de forma estable mientras el cohete ascendía por un despejado cielo invernal y colocaba su carga en órbita.
Durante algunos minutos, el ambiente en la sala de control de Jiuquan pasó, según los informes, de la tensión a una celebración contenida. Los ingenieros acababan de ver cómo un lanzador pesado totalmente nuevo, construido en gran parte con financiación privada y cadenas de suministro chinas, lograba lo más difícil: alcanzar la órbita en su primer intento.
El primer vuelo del Zhuque‑3 validó sus motores principales y estructura, pero expuso la brutal dificultad de traer de vuelta un propulsor pesado en una sola pieza.
El verdadero drama comenzó en el descenso. Al igual que el Falcon 9 de SpaceX, Zhuque‑3 pretende aterrizar su primera etapa en vertical para poder volar de nuevo. LandSpace planeó un descenso controlado con reencendido de motores, guiado de trayectoria y una quema final para posar el propulsor sobre una plataforma de aterrizaje en el desierto. La telemetría mostró la etapa reorientándose y reencendiendo según lo previsto. La trayectoria parecía prometedora.
Entonces la secuencia de aterrizaje se salió de los límites. El propulsor sobrepasó su objetivo, perdió estabilidad cerca del suelo y se estrelló en la zona de aterrizaje en una violenta bola de fuego. En vez de quedar erguida sobre sus patas, la primera etapa terminó el día repartida en escombros humeantes por la arena del Gobi.
Por qué un accidente con llamas sigue contando como progreso
Las imágenes pueden parecer brutales, pero los ingenieros espaciales casi consideran este tipo de fallos como un rito de iniciación. El patrón resulta familiar: una empresa ambiciosa intenta recuperar un propulsor grande, los primeros experimentos acaban en explosiones espectaculares y los datos de esos fallos gradualmente dan forma a un sistema fiable.
SpaceX siguió ese arco casi escena por escena. Los primeros intentos de aterrizaje del Falcon 9 terminaron con etapas volcadas, tanques reventados y memes de “desmontaje rápido no programado”. Solo tras años de prueba y error la empresa consiguió convertir la recuperación de propulsores en algo casi rutinario.
Un cohete reutilizable no se vuelve fiable tras un vuelo limpio: se vuelve fiable tras docenas de fallos arriesgados y llenos de datos.
LandSpace ha cruzado ahora un umbral psicológico y técnico clave. Ha dejado de hablar de reutilización solo en diapositivas de conferencias y ha empezado a destruir hardware en el mundo real. Ese salto de las simulaciones al metal retorcido suele marcar el momento en que una empresa se convierte en una amenaza real para los incumbentes.
Los cohetes Larga Marcha, respaldados por el Estado chino, siguen siendo desechables. Se espera que las empresas privadas como LandSpace lideren el cambio del país hacia la reutilización parcial o total, reflejando la división estadounidense entre los vehículos tradicionales de la NASA y el ecosistema comercial en torno a SpaceX y Blue Origin.
Una carrera china saturada por lanzadores reutilizables
LandSpace tampoco está sola en la plataforma del desierto. Jiuquan y otros complejos de lanzamiento chinos ya se parecen más a campos de pruebas bulliciosos que a instalaciones estatales tranquilas. Varias empresas persiguen variantes de la misma ambición: aterrizar el propulsor, reducir drásticamente el precio por lanzamiento y hacerse con una parte del floreciente mercado de satélites en órbita baja terrestre.
- LandSpace – Zhuque‑3: cohete de acero inoxidable, propulsado por metano y oxígeno, buscando reutilización parcial de la primera etapa.
- Deep Blue Aerospace: desarrollo de la serie Nebula, con pruebas de despegue y aterrizaje vertical en demostradores tecnológicos más pequeños.
- Space Pioneer: desarrollo de la familia Tianlong, con planes para etapas recuperables después de vuelos iniciales desechables.
Todos comparten un método similar: volar pronto, aceptar accidentes, iterar rápido. El desierto se convierte en un laboratorio al aire libre donde las etapas retorcidas y las plataformas chamuscadas cuentan como progreso, siempre que las lecciones lleguen rápido a las oficinas de diseño.
La verdadera carrera no consiste en evitar el fracaso, sino en quién aprende más rápido mientras mantiene a inversores y reguladores a bordo.
Por ahora, EE UU sigue liderando en reutilización
La bola de fuego del Zhuque‑3 aún no alterará el sueño de Elon Musk. Estados Unidos sigue albergando las únicas empresas que han aterrizado y reutilizado repetidas veces propulsores de clase orbital. SpaceX está en el centro de ese panorama, con los Falcon 9 y Falcon Heavy despegando, aterrizando y volviendo a volar, a menudo más de una docena de veces con el mismo propulsor.
Blue Origin, más lento en entrar en el juego orbital, ha logrado recientemente avances visibles con New Glenn. La empresa finalmente consiguió recuperar intacta una primera etapa, sumando otro nombre estadounidense a la escasa lista de organizaciones que han aterrizado un gran propulsor orbital.
| Empresa | Cohete | Estado de la reutilización |
| SpaceX | Falcon 9 / Falcon Heavy | En operación, decenas de reflights exitosos |
| Blue Origin | New Glenn | Primer aterrizaje exitoso, fase de reutilización pendiente |
| LandSpace | Zhuque‑3 | Alcanzó la órbita, el primer aterrizaje acabó en accidente |
La diferencia tecnológica sigue siendo evidente. SpaceX lleva más de una década perfeccionando algoritmos de guiado, perfiles de estrangulamiento de motores, aerodinámica de las grid fins y la mecánica de las patas de aterrizaje. Esa experiencia operativa se traduce en precios más bajos por kilo puesto en órbita, calendarios de lanzamiento predecibles y una base de clientes que engloba gobiernos, empresas de telecomunicaciones e incluso operadores rivales de satélites.
Europa observa, calcula y vacila
Al otro lado del Atlántico, los líderes espaciales europeos se enfrentan ahora a una ecuación incómoda. Los cohetes Ariane han forjado la reputación europea de fiabilidad, no de innovación en reutilización. Mientras que cohetes estadounidenses y chinos intentan aterrizar en plataformas dedicadas o drones en el mar, Europa sigue dependiendo de diseños desechables que lanzan cada propulsor al océano.
Proyectos como Ariane Next, Themis y pequeños demostradores reutilizables muestran que Europa no planea ignorar el cambio para siempre. Pero los lanzadores operativos reutilizables solo están previstos para principios de la década de 2030. Los responsables deben equilibrar empleos industriales, inercia institucional y el riesgo de llegar tarde a un mercado donde los precios de lanzamiento podrían estar ya por los suelos.
Cada intento exitoso de aterrizaje chino aumentará la presión sobre Europa, que corre el riesgo de pagar precios de lanzamiento más altos mucho después de que sus rivales hayan avanzado.
Los cohetes reutilizables importan menos por su prestigio técnico que por la pura economía. Si China consigue la reutilización a gran escala, los operadores nacionales dispondrán de un acceso más barato a la órbita para constelaciones de observación terrestre, comunicaciones seguras y eventuales mega-constelaciones como respuesta a Starlink. Ese cambio no solo bajaría los precios comerciales, sino que también daría a Pekín una mayor profundidad estratégica en infraestructuras basadas en el espacio.
Por qué la reutilización es tan difícil de copiar
Vista desde lejos, la recuperación de un propulsor parece casi simple: encender motores, frenar, desplegar patas, tomar tierra. La realidad esconde precipicios tecnológicos. El cohete debe sobrevivir al calor de la reentrada, mantenerse controlable en aire tenue, proteger los motores de vibraciones y fuerzas laterales, y gestionar el vaivén del combustible cuando los tanques están casi vacíos.
El software de guiado tiene que equilibrar todos estos factores en tiempo real: vientos atmosféricos, errores de sensores, variaciones de empuje e incluso pequeños pandeos estructurales. Una fracción de segundo de dato erróneo puede voltear o inclinar lo justo un propulsor como para que falle el aterrizaje. El accidente del Zhuque‑3 seguramente se encuentra en esa maraña de detalles interconectados, más que en un fallo de diseño espectacular.
Además de la física, los cohetes reutilizables exigen repensar toda la operación en tierra. Los equipos deben revisar tanques, motores, tuberías y aviónica entre vuelos sin que se pierda todo el ahorro en mano de obra y tiempo. SpaceX pasó años afinando ese ciclo, reduciendo el intervalo entre vuelos de meses a semanas y luego a días. Las empresas chinas y europeas ahora necesitan comprimir sus propias curvas de aprendizaje bajo una competencia mundial más dura.
Lo que esto significa para la próxima década en órbita
El incidente del Zhuque‑3 alimentará los argumentos en ambos bandos del debate sobre la reutilización. Los escépticos apuntarán a los restos y hablarán de riesgos, de complejidad y de la relativa sencillez de los cohetes desechables ya probados. Los partidarios mirarán la órbita de la etapa superior y argumentarán que la mayor barrera ya ha caído: LandSpace puede llegar al espacio, ahora solo falta dominar el viaje de vuelta.
Para el mercado global de lanzamientos, el accidente funciona más como un pistoletazo de salida que como una señal de alarma. Las aseguradoras ajustarán modelos. Los operadores de satélites seguirán llamando por ahora a SpaceX, pero vigilarán de cerca los precios chinos. Los gobiernos medirán de forma discreta la rapidez con que Pekín corrige la trayectoria y cuánto tarda el Zhuque‑3, o su sucesor, en lograr un aterrizaje limpio.
Más allá de los titulares, este tipo de vuelo de prueba parcialmente exitoso también tiene impacto en fuerza laboral y transferencia tecnológica. Los ingenieros que ganan experiencia en un aterrizaje fallido suelen llevar ese conocimiento a otros programas: reutilización de etapas superiores, vuelo hipersónico, motores de alta eficiencia e incluso aplicaciones militares. Un propulsor destrozado rara vez significa una experiencia desperdiciada.
Para quienes intentan entender el debate sobre la reutilización de cohetes, una regla simple ayuda: siga el coste por kilogramo en órbita. Si el Zhuque‑3 o sus competidores logran acercar ese valor a los niveles del Falcon 9, el acceso al espacio se abrirá de forma dramática, desde constelaciones para monitorización ambiental y redes IoT hasta pequeñas misiones de investigación que las universidades por fin podrán permitirse. El accidentado final de este primer intento chino de reutilización puede parecer un revés, pero supone un paso claro hacia esa órbita terrestre baja más barata, activa y disputada.
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